10:33h. Viernes, 24 de Noviembre de 2017

Je m’accuse, je suis pilarista, dicho sea con un acento zarrapatroso que no consiguió domar don Ángel Pueyo en “las aulas del poder”. Sí, confieso, me acuso, un punto compungido y, la verdad, acojonado de mi ignorada hasta ahora pertenencia a una conspiración entre cósmica, nacional y de barrio para dominar esto que aún llamamos España, efecto de ver el Salvados de Jordi Évole sobre el colegio Nuestra Señora del Pilar.

Je m’accuse, je suis pilarista, dicho sea con un acento zarrapatroso que no consiguió domar don Ángel Pueyo en “las aulas del poder”. Sí, confieso, me acuso, un punto compungido y, la verdad, acojonado de mi ignorada hasta ahora pertenencia a una conspiración entre cósmica, nacional y de barrio para dominar esto que aún llamamos España, efecto de ver el Salvados de Jordi Évole sobre el colegio Nuestra Señora del Pilar. Ahí salían los antiguos del colegio, con las medallas de sus cargazos, líneas y organigramas de poder que emanaban de las agujas neogóticas del cole, en un claroscuro bajo cielo borrascoso. Daba miedo, mejor dicho, si a mí me aterrorizó, imagino a la audiencia de Albacete o Linares, que nunca jugaron a baloncesto entre vidrieras y pináculos góticos, como sí hizo un servidor.

Las experiencias de acojone en el colegio de El Pilar las lleva uno en la mochila. Cuando de niño iba al cole en esas mañanas que no acaba de amanecer y veía esas agujas que apuntaban al cielo –a Dios– entre las brumas del invierno madrileño. O cuando no llevaba los deberes hechos y don Gabriel se paseaba entre las filas dispuesto a descubrir a los remolones. Acojonaba, pero creo que cosas parecidas vivieron mis amigos que no estudiaron allí.

En aras de la transparencia he de decir que si servidor fue al Pilar fue por dos circunstancias claramente conspiranoicas: que mi familia vivía en la calle Castelló –fruto de una humorada de mi abuelo, que era natal de la provincia de Castellón y con orígenes en Castellote. Ya ven, ser un cachondo es hereditario– y el cole pillaba a cinco minutos a pie. Y por otro lado resulta que el hermano de un tío mío era marianista (los religiosos del Pilar) y le dijo a mi padre que seguramente me podrían desasnar con ciertas garantías de éxito. Así, con cuatro años y las rodillas huesudas, entró uno a formar parte de la máquina “fabrica-ministros”.

Ha de entenderse que uno ignorara que formaba parte de lo que en el programa del maestro Évole se denominaba “la élite”. Los religiosos no vestían de curas, se trataba igual al hijo de periodista que al de comerciante o al de banquero, y nos pegaban unas palizas al baloncesto los de los colegios de alrededor bastante serias. No siempre, ojo.

En la camiseta de baloncesto ponía, en semicírculo, “Pilaristas Madrid”. A veces había que adivinarlo, porque las raídas camisetas llevaban en sus costuras no menos de una década de esfuerzos en la cancha. Quiere decirse con esto que, posiblemente, para la fórmula de la fábrica de cargazos lo de llevar camisetas viejas y jugarse la piel en un patio de cemento sea un punto importante. La animación de las chicas dejaba bastante que desear, no por falta de gracia y dotes de las compañeras, sino porque el “Pilaristas” tiene mala rima. La cosa solía degenerar en un “Pim, pam, pum, pirulín, Pilaristas, Madrid”. Tremendo.

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A este modesto exalumno de la Promoción del 87 le resultó llamativo que todos los protagonistas del maestro Évole eran de promociones pretéritas, el más cercano había acabado en el cole en el año 1970. Servidor estaba en pañales para entonces. No parece casual.

Esta cofradía pseudomasónica que se dibujaba en Salvados se basa en la confraternización entre compañeros, algo que parecía muy malo. Con su inmensa dignidad septuagenaria y barbilla cuadrada de tío cachas, Antonio Garrigues-Walker aseguraba a cámara que sí, “siempre ayudaré a un amigo que venga a pedírmelo”. La cara de Évole era un poema: Garrigues-Walker, pillado in-fraganti asegurando que ayuda a los colegas del cole.

Pues uno no tiene tan claro eso de la amistad entre pilaristas. A los hechos me remito. Hace unos meses, un insigne exalumno, Luis Solana, participaba en una mesa redonda. Al presentarlo, se dijo que había sido educado en El Pilar y hubo coña con eso. En el turno de preguntas, este modesto pilarista invocó la supuesta hermandad, avisando al interrogar al expresidente de Telefónica que había pasado por los mismos pupitres. Craso error, no hubo piedad:

–Mire, joven, que hayamos estudiado en el mismo colegio no le autoriza a preguntarme lo que quiera.

Semanas después coincidí en un acto de este diario con otro ilustre exalumno, Mikel Buesa. Por eso de hacer afinidad y pegar la hebra, le hice saber la coincidencia académica. Nada, otro planchazo. “Eso no tiene importancia alguna en la vida, joven”. Sin embargo, al ver la provecta edad de todos los que hablaban con Évole, caí en otra cosa que me dijo este catedrático y activista político. “La única razón por la que es tan nombrado el colegio es que era de los pocos centros de Madrid en los que se impartía el bachillerato en aquellos años”.

Vivimos tiempos en los que se busca un determinismo histórico a cada hecho. La murga de la casta encontraba un eureka en alguna participante de Salvados, como la ilustre Eva Belmonte. Si, como dijo la pensadora Tania Sánchez, los dibujos animados de la tele tienen como razón de ser meter el capitalismo en la mollera de la tierna infancia, si la política se explica por la serie “Juego de Tronos” en opinión del líder Iglesias, qué mejor que una conspiración elitista desde la infancia.

Mis amigos del cole no son ministros, ni creo que quieran serlo, de hecho son tipos bastante majos. La casualidad quiso que uno de los más grandes de ellos apareciera en el programa… pero en unas imágenes de archivo, narrando una noticia. Un fracaso de promociones. Más bien no. Casualmente el más pudiente de mi generación, al que llamaremos A., no pudo acabar COU en el cole, porque su familia lo mandó a un sitio más adecuado a su alcurnia, y con menos nivel de estudios. Allí nadie nos dijo que íbamos a dominar el mundo, como de hecho no hacemos. Eso sí, la cantinela de “la verdad os hará libres”, la educación y el respeto y la dinámica de trabajar y pensar, sí que se nos quedó grabada.

Puestos a buscar sucesos extraños y que inducen a la paranoia, yo me detendría en otro hecho. Cómo puede ser que de un mismo colegio hayan salido dos tipos tan distintos e inefables que acabaron de presidentes del Gobierno. Por supuesto, me refiero al colegio de Las Discípulas de Jesús, en León. Allí tomaron letras José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. ¿Casualidad, coincidencia? ¡No lo creo! Esto ya no es trabajo para Évole, sino para Íker Jiménez.